Más allá del gran rio PDF

La realeza del escocés pdf Ella me consigue lo que necesito como profesional, todo de todo, casi cualquier cosa. Más allá del gran rio PDF ella a mi lado, siento que puedo hacer cualquier cosa que pase por mi mente.


Författare: Armin Beuscher.
Un día la Liebre le dijo al Mapache: Debo hacer un largo viaje y no puedo llevarte, porque debo hacerlo sólo. El Mapache la acompañó a la orilla del gran río y se despidió de ella. Después contó a sus amigos el Pato, el Elefante y el Ratón: Entró en el agua pero no se hundió. Era como si estuviera sentada en una barca que la llevara. Después desapareció. El Elefante preguntó: Ha muerto?. El Mapache respondió: Sí. Los amigos se pusieron muy tristes y fueron a dar un paseo, cada uno pensando en lo suyo. De repente, el Elefante empezó a cantar una canción y todos juntos la entonaron. El ratón preguntó: Creéis que la Liebre nos ha oído cantar?. El Mapache respondió: Claro que sí. Y el Ratón dijo: Entonces cantaremos más a menudo.

Ahora mi necesidad de venganza se atenúa poco a poco. Y mi enojo está más o menos contenido, al menos en calma por el momento. Pero su hermano sigue siendo un problema, y de los gordos. No estoy seguro si puedo hacerlo. Ariel entró en mi despacho sin llamar, con una agenda encuadernada en cuero en los brazos.

Llevaba puestas las gafas de montura negra, como siempre que prefería no llevar lentillas. Cogí el vaso de whisky que había sobre mi escritorio y me lo bebí de un trago. Se sentó y cruzó las piernas antes de abrir la agenda. Revisó sus notas, agachando la cabeza, y las gafas le resbalaron, quedando al borde de la nariz. Había pasado un mes desde que Joseph me había disparado. Seguía acudiendo a fisioterapia tres veces por semana, intentando recuperar el músculo del pectoral izquierdo.

No podía usar el brazo izquierdo como antes, pero en cuento recuperase la fuerza todo volvería a la normalidad. Ariel no miró la botella casi vacía de escocés que había sobre mi mesa. Sabe que no puede beber mientras toma narcóticos. Y a mí me daba igual. No me va a pasar nada. Entrecerró los ojos al oír mi brusca contestación.

Todavía sentía mucho dolor, y mi humor se había vuelto más negro que una tormenta invernal. Estaba constantemente enfadado y me moría de ganas de darle un puñetazo a todos los muebles con los que me encontraba. Y desde luego, aquella zorra estúpida no lo había sido. Está invitado a un torneo de golf en Londres. Nadie sabe que le dispararon, por lo que he tenido que aceptar.

Mi swing estaría algo descompensado, pero me las apañaría. Tenemos un comprador interesado en adquirir la destilería. No vendería mi negocio ni por todo el dinero del mundo. Dígale que la recogeré a las siete. Layla ha llamado también para ver si podían cenar esta noche. Dígale que también la recogeré a las siete.

No parpadeó ni mostró el más mínimo atisbo de estar juzgándome. Me prefería así: follando sin que nada me importase una mierda. Ariel se puso en pie y me echó una mirada antes de dirigirse a la puerta. No habíamos hablado de lo ocurrido aquella noche. Cuando abrí los ojos en la habitación de hospital, ella había estado allí, sosteniéndome la mano. Me merecía una regañina por mi estupidez. Me merecía que me insultasen por mi mal juicio.

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